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La economía moderna los ha relegado a un papel testimonial, pero constituyen bienes de alto valor etnológico: son los molinos harineros de viento, usados hasta hace pocas décadas para moler el grano y fabricar harina.

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Estos modelos de arquitectura vernácula, erigidos con métodos y materiales tradicionales, forman parte inherente del paisaje mallorquín. Según datos de la Asociación de Amigos de los Molinos de Mallorca, en la isla se han contabilizado 895 molinos harineros de viento, de los que unos 200 han desaparecido completamente. A pesar de ello, la isla balear es la región europea con mayor número de molinos harineros de viento por kilómetro cuadrado. El más antiguo es el de la Alquería Blanca (Santanyí), fechado en 1262. En general están formados por torres de 7 u 8 metros de altura, con una escalera interior de caracol y un techo capaz de orientar las aspas hacia el viento. Su imagen es una de las más utilizadas para difundir Mallorca como destino turístico y una de las primeras que reciben los visitantes al aterrizar en el aeropuerto de Son Sant Joan.

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Los molinos que se encuentran en buen estado concitan gran interés turístico. Otros se han reconvertido con éxito; es el caso del Molí den Fraret, perteneciente al Ayuntamiento de Montuïri y sede del Museo Arqueológico de Son Fornés. Pese su exclusión de la economía productiva, el protagonismo cultural de estos ingenios del pasado es hoy en día indiscutible.

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Fotos: Andreu Negre

 

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